Apenas el árbitro pitó el final y se disipó el tumulto que terminó con Nahuel Gallardo expulsado entre empujones y reclamos furiosos, los jugadores de San Martín se congregaron en la mitad de la cancha. Abrazados y en ronda, comenzaron a saltar y a cantar junto a los hinchas con una euforia que contrastaba con lo chato que había sido el partido. Pero no había vuelta olímpica ni hazaña sobre el césped: lo que se festejaba en el círculo central era puro desahogo y supervivencia. Una muestra clara de la presión con la que cargaba el plantel y de lo urgente que resultaba ganar, como fuera, para volver a respirar.

Sin libreto ni claridad

El trámite estuvo muy lejos de cualquier brillo. El equipo de Alejandro Orfila intentó asumir el protagonismo de entrada, con Gabriel Carabajal erigido en el eje conductor de los ataques. El volante pedía la pelota, la administraba y buscaba marcar los tiempos, pero el circuito ofensivo se diluía totalmente de tres cuartos de cancha en adelante. Gimnasia y Tiro lo esperaba con un bloque compacto y líneas apretadas, y apostaba a salir disparado de contragolpe con pelotazos largos tras cada recuperación. Mientras al conjunto salteño le alcanzaba con un par de toques directos para al menos acercarse al arco rival, a San Martín cada llegada le costaba una enormidad. Además, la visita siempre pareció tener más claro el plan de juego que el “Santo”, que transmitía una sensación de confusión constante.

El desarrollo se tornó friccionado y deslucido, con la pelota yendo y viniendo sin destino claro y el árbitro Maximiliano Manduca dejando pegar de más. Salvo por una pared construida por izquierda que terminó en un centro pasado de Gallardo y algunos intentos desde posiciones incómodas de Bruno Cabrera y Carabajal, el local casi no pateó al arco. Además, cada balón detenido mal resuelto terminaba en una réplica que encontraba a la última línea tucumana mal parada.

El guiño del rebote

El arranque del complemento no cambió el panorama. En los primeros minutos, San Martín se mostró desconectado y pasivo, lo que permitió que Gimnasia merodeara el área de Darío Sand sin mayor oposición.

Empujado por la impaciencia que bajaba desde los cuatro costados, el "Santo" sumó muchos hombres en campo rival, pero lo hizo de forma muy desordenada y desequilibrada; jugaba a los 10 minutos como si quedaran cinco para el cierre. El equipo caminaba por la cornisa, Carabajal caía en su habitual pozo de intrascendencia y el panorama pintaba sombrío una vez más.

Hasta que a los 16 minutos, el destino le hizo a San Martín el guiño que le venía negando en fechas anteriores. Alan Cisnero armó una jugada individual a pura guapeza: la pelota se le fue demasiado larga, pero un mal control de su marcador lo favoreció. El tucumano sacó un remate que el arquero rival logró desviar, y en el rebote apareció Santiago Briñone para empujarla a la red. Fue prácticamente la única situación nítida de peligro generada por el local en todo el segundo tiempo, un gol caído del cielo que hizo explotar La Ciudadela.

Sin firmeza hasta el final

El 1 a 0 desacomodó a Gimnasia y Tiro, que cayó en la desesperación. Durante unos minutos, San Martín se serenó con la pelota y contó con un par de contragolpes para liquidar el pleito, pero nunca ofreció garantías defensivas. En el tramo final, el conjunto salteño fue a la carga y dispuso de dos o tres ocasiones claras para igualar.

El cierre fue caliente: roces, quejas al árbitro y la roja a Gallardo en medio del descontrol del desenlace. Con el pitazo final, La Ciudadela respiró aliviada. San Martín ganó con lo justo, sin sobrarle nada y conviviendo con sus limitaciones de siempre, pero se quedó con un triunfo indispensable para calmar las aguas, alejarse del descenso y mantener vivas las chances de ingresar al Reducido.